espacios en blanco

Todo y nada: los ojos en blanco de Luis Loras

 

Cinco son las categorías en las que la intuición de Luis se dice, se delata, esta vez sobre el lienzo como la huella sobre el sudario blanco. Cinco (1), aunque pudieran ser muchas más; porque al hacer coincidir -a través del acto pictórico- su mirada con el espacio, refunda el no-lugar absoluto de la posibilidad, donde todo cabe.

Mirada y espacio son términos que colisionan: el uno nos habla del borde de nuestra percepción y el otro de su despliegue sin fin. La pintura, tal como la practica hoy Luis, es el nudo entre ambos: la paradoja misma de un firmamento acotado. Luis es pintor, además de otras cosas -quizá más celestes-, por esa mirada-espacio suya infinita, que ha de reposar, de cuando en cuando, en “soportes-límite” para recordarnos su inabarcabilidad. Por eso ha elegido el blanco como su principio fundacional: el color del gran silencio que precede al ser. En palabras de Kandinsky, el blanco es esperanzador, “lleno de posibilidades”, ya que es “la nada anterior al comienzo, al nacimiento” (8). El blanco es un valor límite, la pausa entre dos momentos interesantes, y por eso, para Luis, puede ser “el todo y la nada” a un tiempo, lo que está aquí -“el color de la lavadora”- y lo que siempre estará más allá -“futuro, deseo o ausencia”-.

Pero las pinturas de Luis, proposiciones brotadas de esa esperanza de sentido, están inoculadas (también) del hartazgo del significado. Al prometernos profundidad, son la protesta contra la hipertrofia del mundo icónico. Pero a su vez pretenden hacer estallar el significado unívoco, anticipando el caos. Desean desestabilizar. Por ello son índices de un ascetismo y una rebeldía muy propias del autor, como huellas culpables de un trascendentalismo terreno. Todo y nada,
en palabras de Luis, espacios en blanco.

La retina, la mirada, el ojo en blanco: la expresión vívida del éxtasis, del ataque epiléptico o de la muerte. Las miradas vacías del tránsito entre el aquí y el allá desconocido, inefable. La mirada en blanco es el límite entre lo que entendemos y lo inexplicable, la frontera entre lo visible y lo invisible.

Una vez advertido el terreno donde se despliega el pensamiento (siempre en imágenes) del pintor, como presentimiento desde el fondo de la caverna, podremos arrojarnos a su universo, íntimo y ficticio a un tiempo. Desde ese espacio-mirada extasiado, limítrofe, donde se esconde y se desvela su persona.

Como sabemos, persona, en su acepción latina, es precisamente la máscara usada por un personaje teatral. Presencia y ausencia de Luis, por tanto, en sus blancos salpicados de omnipresentes máscaras. Persona y máscara: antesalas de un lugar lleno de vacío, espacio en blanco, esperando ser ocupado por lo trágico o lo cómico, si no por lo divino (3). Juego de ser o no ser, en el cruce de significados transversales, que sólo podrá completarse en cada persona, en cada copia fantasmagórica de uno mismo, de mil maneras.

Los ojos en blanco de Luis, invitándonos a cinco de los lugares donde su delirio se estaciona:

- La contemplación, donde sea la dirección de la vista la que propicie el hermoso encuentro entre un paracaidista con un plátano sobre una silla, o de un molino de viento con la virgen de la lavadora, como aquél “encuentro casual de un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de quirófano” del conde de Lautréamont...

- Lo indómito, donde no se pueda asir el empeño insobornable de los actos rebeldes, la grave ética del absurdo...

- Lo exterior, donde la mirada se precipite más allá de uno mismo, en idas y venidas homéricas, del kitsch a la revuelta existencial...

- El deseo, donde el significado del objeto siempre se desvanezca antes de ser apresado, donde la mirada nunca se satisfaga del todo...

- Lo compartido, donde muñecos, animales, niños y adultos participen de la misma amenaza de sombra trágica y lúdica...

Por lo demás, la mirada-espacio de Luis se resuelve sin carnalidad pictórica porque toda ella es humus vítreo, volumen líquido entre “su adentro” y “nuestro afuera”. Es más una idea, una invitación, un grito. Un concepto al que la técnica sólo sirve de sustento. Una duda entre el nihilismo posmoderno que escupe a la cara del gran relato y la confianza en las capacidades narrativas del arte, que nos devuelven nuestras esencias más humanas. Desempate que cada juicio personal ha de resolver, rellenando de sí estos espacios en blanco con lo que está más allá de ellos.

Después de todo, quizá Luis quiera advertirnos de que, desde las sombras
proyectadas por el blanco refulgente, la contemplación del indómito mundo exterior
puede ser, además de un deseo compartido, una realidad posible.

 


Javier Joven Araus


_________
1 A decir del propio artista: el exterior, la contemplación, lo indómito, el deseo y lo compartido.
2 KANDINSKY, Vasili, De lo espiritual en el arte, Barcelona, Paidós, 1996, pp. 77-78.
3 “Lo trágico -también lo cómico- es estar lleno de vacío. La máscara sola no está nunca vacía, sino llena
de su vacío. Y en este sentido es el hombre persona o máscara, porque es determinación o definición de
un vacío. Del vacío, de la vanidad del mundo en él”: BERGAMÍN, José, El pensamiento perdido, Madrid,
Diario Público, 2010, pp.141-142.

 

 

 

Leer otro texto (de Ernesto Utrillas Valero) sobre esta serie

 

 

volver a las imágenes

 

Luis Loras