plástico

Aún juega con muñecas (en la oscuridad)

 

El hombre ha sentido, desde sus orígenes de forma innata, fascinación por las réplicas de sí mismo. Desde las toscas muñecas, que pronto fueron articuladas, al ancestral golem, pasando por el quirófano elemental del doctor Frankenstein, llegando a la premonitoria  perfección de la tecnología biomecánica alcanzada con los Replicantes en Blade Runner.

Esta fascinación resulta más marcada entre los artistas. Frecuentemente estos se han sentido tentados, emulando al Supremo Creador, de tratar de construir una nueva realidad, de erigirse en nuevos dioses esperando que con un simple soplo suyo pueda infundir el aliento vital a sus creaciones, ansiando que ese barro inerte (ahora sustituido ya por el plástico) adquiera nueva vida.

En la obra de Luis J. Loras los maniquíes de plástico, inmóviles con sus miradas distraídas y fijas, que parecen inánimes, se convierten en una metáfora de nosotros mismos, de los miedos que guardamos dentro, de las esperanzas que nos empeñamos en esconder bajo una superficie rígida e inexpresiva, una máscara que trata de ocultar que somos frágiles, que estamos perdidos. Una cirugía plástica de los sentimientos para proteger nuestra moldeable alma.

Todos sabemos que en cada uno de nosotros hay un novio de la muerte, que más tarde o más temprano acabaremos casándonos con ella. El arte se convierte en la única estrategia posible de negociación con la muerte, en una sinuosa vía de escape para tratar alcanzar la inmortalidad.

Hasta que las muerte nos separe porque sólo ella permanece.

 

Ernesto Utrillas Valero
 

 

 

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Luis Loras